domingo, 31 de julio de 2016

El alféizar de la ventana


La ventana del cuarto de estar daba a la calle Mayor; y era tan grande que ocupaba casi toda la pared. En su alféizar, entre el cortinón y la reja, nos apostábamos mis amigas y yo para ver pasar a los campesinos jóvenes que volvían de abrevar a los animales.
Un poco antes de la hora acostumbrada, poníamos el tocadiscos a todo volumen con las canciones que habían ganado el Festival de Benidorm (“Un Telegrama”, “Comunicando”...); y a continuación, nos sentábamos en el alféizar adoptando posturas de vampiresa. Para completar el cuadro y resultar más sofisticadas aún, nos poníamos a hablar en francés cuando pasaban por delante de nosotras.
La finalidad de aquella puesta en escena era provocar a aquellos muchachos que nos epataban con su físico espectacular ( entonces el campo no estaba mecanizado); un físico que nada tenía que ver con el que lucían nuestros compañeros de facultad.
Luego, más tarde, los mozos lugareños (así los denominábamos) se desquitaban. En el cine o en el paseo nos decían procacidades y nosotras fingíamos escandalizarnos; pero en el fondo, estábamos encantadas.
Y al día siguiente, cuando volvían del abrevadero, vuelta a empezar.

El héroe sajador


Como siempre me había dado el sol, nunca fui consciente de la suerte que tenía. Luego, cuando vino el nubarrón que todo lo ensombreció, aprendí a valorar lo que ya había perdido.
En mi nuevo estado, la seguridad de la que gozaba se transformó en incerteza; y la tranquilidad dio paso a la ansiedad y a la pesadumbre. Todo en mi vida se empantanó, y todo quedó pospuesto. Un manto negro cubrió mi ánimo y la atmósfera se me hizo irrespirable; pero aun así subí a Montserrat a encomendarme a la Virgen.
Poco después, vino mi héroe sajador y cortó la nube. 
Ahora, todo ha vuelto a ser diáfano.

viernes, 24 de junio de 2016

Los cotillas


Yo a los cotillas los detesto; no los puedo soportar. Cuando los veo sentados en los bancos de la calle, pendientes del ir y venir de los vecinos, desearía que un extraterrestre los abdujera y se los llevara al espacio por siempre jamás.
En mi trato con ellos he llegado hasta el delirio. Es lo que sucedió la vez que me quedé encerrada en el ascensor con la cotilla principal de la escalera. Ella empezó a indagar sobre mi vida privada; y yo, que soy claustrofóbica y además tenía calor, comencé a tener visiones. Recuerdo que mientras las paredes del ascensor se ondulaban, la señora se transformó en un barrenero con cabeza de ave rapaz y un taladro entre las manos. Cuando con ánimo de horadar las murallas de mi intimidad lo puso en marcha, yo grité despavorida. Y a partir de ahí, todo es confuso...
Este escrito se lo dedico a mis vecinos: a los que conozco y a los que no. Los primeros son maravillosos; y los segundos, seguro que también.

Un chambi, un chicle “Talgo” y una bolsa de pipas



Por los años de 1960, en el pueblo, los domingos me daban un duro para gastar. Con eso tenía para la entrada del cine, que costaba tres pesetas, y para dos golosinas. Podía elegir entre una bolsa de pipas; un chicle “Talgo”; un pepinillo en vinagre; un polo... También recuerdo los chambis, pero estos valían a dos reales la unidad.
Las golosinas se compraban en una caseta regentada por dos mujeres rechonchas que siempre vestían de negro. Parecían tristes y misteriosas, y vivían juntas pese a no ser familia. Una era del pueblo y la otra forastera, y les decían “las de Ambrosio”.
Recuerdo que un día, sin avisar, cerraron la caseta y desaparecieron del pueblo. Yo pronto me conformé porque abrieron otro puesto con más surtido si cabe; pero algunas veces, de mayor, me he preguntado que fue de aquellas dos mujeres silenciosas y aparentemente infelices


martes, 31 de mayo de 2016

Todo por la imagen o El confidente perfecto


Yo siempre estoy en pose; no me relajo jamás. Mi lema es “antes morir que perder la compostura”...; pero el otro día tuve una experiencia catártica extraordinaria y me liberé. 
Os lo explico: todo empezó cuando estaba delante de un anticuario, y un hombre se me acercó y entabló conversación conmigo. Yo contemplaba unos muebles expuestos en el escaparate; y él, con voz grave y bien modulada, me dijo que eran estilo Chippendale. Comenzamos a hablar y enseguida me percaté de que aquel desconocido y yo compartíamos el mismo código; y, quizá por eso, me dejé llevar. Nos fuimos a “El Nacional”; y allí, tomando una copa de cava, lo hice mi confidente.
Le hablé de mis anhelos y frustraciones; de mis miedos y mi desesperanza; de las reglas constrictoras que me impedían respirar y de mi resignación y mi acomodo... Me mostré tal como soy; y aquel hombre, ignorado hasta entonces, vio la parte oculta de mi alma.
Luego, cuando liberada y purificada expuse mi deseo de marcharme, el confidente y yo nos estrechamos la mano y nos dijimos adiós.

Perdonad que hable de la muerte


De pequeña, en el pueblo, la muerte para mí era un concepto abstracto que venía representado por el luto de las mujeres; el brazal negro de los hombres; el toque de difuntos; los espejos velados; los cipreses; los entierros...
Luego, cuando vine a la ciudad, la parafernalia que acompañaba a la muerte desapareció; y su idea se concretó en el momento en que vi mi primer cadáver. Cuando por mi educación tuve que ver muchos más, adquirí una visión enteramente racional acerca de ella, y la acepté como una parte de la vida.
Esto duró hasta que me empezaron a faltar mis seres queridos. Entonces comprendí la verdadera envergadura de la muerte y lo que su aparición conlleva: ausencia, vacío, tremendo dolor...
Ahora, en mi cuarto estadio, he pasado de verla como algo ajeno (siempre le ocurría a los demás) a sentir que puede llegarme a mí en cualquier momento.
Pero esto no es una obsesión; es un pensamiento lúgubre que tengo de vez en cuando.

sábado, 21 de mayo de 2016

Veinte entradas


Mientras un escrito permanece en la primera página de la web, tiene muchas probabilidades de ser leído. Cuando pasa a la segunda página, muchas menos; y en las sucesivas, casi ninguna.
Yo os confieso que me saca de quicio presentar una obra y que, por exceso de exposiciones, no pueda estar a la vista el tiempo suficiente para que la pueda leer un buen número de personas. En estos casos me encolerizo, empiezo a despotricar, os mando a todos a paseo, decido irme del Post...
Luego me calmo. Me digo que todos tienen derecho a colgar cosas en este espacio; que estoy siendo injusta con aquellos que se ocupan y preocupan de renovarlo; que yo sólo pongo cosas cuando me apetece...
En fin, amigos: he pensado que como todos los post merecen ser vistos ¿no podría la dirección diseñar una primera página donde cupieran veinte entradas?