Como siempre me había dado el sol, nunca fui consciente de la suerte que tenía. Luego, cuando vino el nubarrón que todo lo ensombreció, aprendí a valorar lo que ya había perdido.
En mi nuevo estado, la seguridad de la que gozaba se transformó en incerteza; y la tranquilidad dio paso a la ansiedad y a la pesadumbre. Todo en mi vida se empantanó, y todo quedó pospuesto. Un manto negro cubrió mi ánimo y la atmósfera se me hizo irrespirable; pero aun así subí a Montserrat a encomendarme a la Virgen.
Poco después, vino mi héroe sajador y cortó la nube.
Ahora, todo ha vuelto a ser diáfano.

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