Por los años de 1960, en el pueblo, los domingos me daban un duro para gastar. Con eso tenía para la entrada del cine, que costaba tres pesetas, y para dos golosinas. Podía elegir entre una bolsa de pipas; un chicle “Talgo”; un pepinillo en vinagre; un polo... También recuerdo los chambis, pero estos valían a dos reales la unidad.
Las golosinas se compraban en una caseta regentada por dos mujeres rechonchas que siempre vestían de negro. Parecían tristes y misteriosas, y vivían juntas pese a no ser familia. Una era del pueblo y la otra forastera, y les decían “las de Ambrosio”.
Recuerdo que un día, sin avisar, cerraron la caseta y desaparecieron del pueblo. Yo pronto me conformé porque abrieron otro puesto con más surtido si cabe; pero algunas veces, de mayor, me he preguntado que fue de aquellas dos mujeres silenciosas y aparentemente infelices

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