De pequeña, en el pueblo, la muerte para mí era un concepto abstracto que venía representado por el luto de las mujeres; el brazal negro de los hombres; el toque de difuntos; los espejos velados; los cipreses; los entierros...
Luego, cuando vine a la ciudad, la parafernalia que acompañaba a la muerte desapareció; y su idea se concretó en el momento en que vi mi primer cadáver. Cuando por mi educación tuve que ver muchos más, adquirí una visión enteramente racional acerca de ella, y la acepté como una parte de la vida.
Esto duró hasta que me empezaron a faltar mis seres queridos. Entonces comprendí la verdadera envergadura de la muerte y lo que su aparición conlleva: ausencia, vacío, tremendo dolor...
Ahora, en mi cuarto estadio, he pasado de verla como algo ajeno (siempre le ocurría a los demás) a sentir que puede llegarme a mí en cualquier momento.
Pero esto no es una obsesión; es un pensamiento lúgubre que tengo de vez en cuando.

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