martes, 31 de mayo de 2016

Perdonad que hable de la muerte


De pequeña, en el pueblo, la muerte para mí era un concepto abstracto que venía representado por el luto de las mujeres; el brazal negro de los hombres; el toque de difuntos; los espejos velados; los cipreses; los entierros...
Luego, cuando vine a la ciudad, la parafernalia que acompañaba a la muerte desapareció; y su idea se concretó en el momento en que vi mi primer cadáver. Cuando por mi educación tuve que ver muchos más, adquirí una visión enteramente racional acerca de ella, y la acepté como una parte de la vida.
Esto duró hasta que me empezaron a faltar mis seres queridos. Entonces comprendí la verdadera envergadura de la muerte y lo que su aparición conlleva: ausencia, vacío, tremendo dolor...
Ahora, en mi cuarto estadio, he pasado de verla como algo ajeno (siempre le ocurría a los demás) a sentir que puede llegarme a mí en cualquier momento.
Pero esto no es una obsesión; es un pensamiento lúgubre que tengo de vez en cuando.

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