Percibía todo con tanta intensidad que parecía que estuviera en un estado psicodélico permanente. Luego sufrí una especie de marasmo, y posteriormente me hundí. Los sentidos se me embotaron, y el mundo dejó de tener colores vivos y rutilantes y pasó a ser gris y opaco.
Recuerdo que iba siempre cabizbaja y con aspecto abatido; y el espinazo se me encorvó tanto que parecía una anciana.
Tenía la sensación de estar en el interior de un túnel, y que nunca podría salir de él. En mi desesperanza imaginaba la ilusión como un rayo salvador que jamás podría horadar las paredes de mi celda; y también pensé en lo útil que resultaría que los pepinillos en vinagre la trajeran incorporada (la ilusión).
No recuerdo cuánto tiempo permanecí en ese estado. Lo que si sé es que el paso del tiempo, junto con la paciencia y el amor de los míos, me sacaron de él. Un día de mucho calor, el viento me dio en la cara y sentí placer; entonces supe que estaba curada.

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