domingo, 12 de marzo de 2017

Proposiciones deshonestas


Por los años de 1970, yendo hacia Madrid con una amiga, tuve una experiencia que me dejó pasmada.
Ocurrió que, en determinada estación, una mujer subió al tren y entró en nuestro compartimento. Era delgada, vestía pantalones y llevaba un corte de pelo a lo garçon. Ocupó su asiento y se comió dos cruasanes en un santiamén; y en algún momento de este proceso, yo me apercibí de que esta viajera quería ligar conmigo.
Comencé a sentirme incomoda y, discretamente, comuniqué a mi amiga mis sospechas; pero como ella no captaba esos efluvios de atracción sexual, no le pareció que aquello fuera real y lo achacó todo a mi imaginación.
Poco después, cuando mi compañera de viaje desapareció para ir al servicio, la viajera   misteriosa me mostró una revista con fotografías de mujeres en actitud inequívoca y me preguntó si me interesaba. Apresuradamente y con aturullamiento le contesté que no; y en eso llegó mi amiga.
Dado que hasta entonces nadie me había hecho proposiciones de una manera tan explícita, aquel suceso lo viví como algo extraordinario; e incluso hoy me cuesta recordarlo sin asombro.

El registro de nuestra vida


Por razones de seguridad, en el edificio han puesto videovigilancia. En el vestíbulo, un cartel advierte a los vecinos de que están siendo observados; pero como éstos aún no han tomado conciencia del hecho, exponen su intimidad.
Y así, fulano abrirá su correspondencia en el ascensor y pondrá a la vista el estado de su cuenta corriente y los resultados de sus pruebas médicas; mengana se bajará la ropa interior de raso para comprobar si ha empezado a menstruar; el presumido de zutano se remangará, mostrará los bíceps y le dirá al espejo lo machote que es; y la viuda perengana abrirá su bolsa de El Corte Inglés y pasará revista a lo que ha comprado y al correspondiente tique.
Y mientras, encima de sus cabezas, el artefacto diabólico seguirá graba que te graba.

domingo, 26 de febrero de 2017

En el contenedor de la esquina


En mi casa estoy yo, pero es como si no estuviera. Me he convertido en un mueble y he entrado a formar parte del menaje del hogar. Vivo en perfecta simbiosis con el sofá, la mesa, el televisor... Yo los limpio y los cuido con esmero, y ellos me acompañan y me dan seguridad.
Las cuatro paredes de mi casa me protegen del exterior; y cuando tengo que salir (cosa que sucede cada vez menos), me siento desnuda, vulnerable y con mucho frío.
Me paso los días apoltronada en el sofá viendo programas de cotilleo; y es tan grande mi achicamiento y tan enorme el poder perturbador de estos programas, que una vez me dieron hasta convulsiones.
Muchas noches tengo pesadillas. Pienso que vendrán unos hombres vestidos con monos azules, fuerte pelambre y collares de oro, y nos tirarán a todos los muebles al contenedor de la esquina.

La herencia


Conozco a unas personas que han recibido una pequeña herencia y están dándose caprichos sin parar. En su entorno las critican y conjeturan sobre el tiempo que van a tardar en dilapidar lo recibido; pero yo les aplaudo porque creo que están haciendo lo mejor.
En su vida ordinaria estas personas son como unas plantas en un secarral: no se mueren, pero tampoco pueden crecer. Gastan su tiempo y sus energías en un trabajo embrutecedor; y el salario que reciben es tan exiguo, y sus obligaciones tan numerosas, que nunca han podido cultivarse ni disfrutar de lo superfluo.
La herencia no les va a sacar de la pobreza; ni les va a permitir ejercitarse en las artes o en las ciencias; ni podrán llevar el pensamiento de lo inmediato y concreto a lo abstracto y universal; ni van a tener más oportunidades de contemplar la belleza... Pero, satisfacer alguno de sus antojos sí lo pueden lograr; y me parece una mezquindad vituperarlos por eso. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Una mujer ejemplar


A mí, lo que de verdad me acogota y me oprime son las convenciones. Me preocupa lo que la gente piense y tengo miedo de perder mi estatus.
Me crié asistiendo a misa los domingos y las fiestas de guardar; pero también crecí leyendo a García Lorca, Graham Greene, Nabokov, Fitzgerald, Oscar Wilde, Tennessee Williams, Françoise Sagan...
Gracias a mis padres y a la carrera elegida, recibí una gran formación humanística; y en aquellos años de oscurantismo, logré que mi espíritu se sintiera libre y se expresara sin cortapisas.
Pero hete aquí que un día me topé con el sentido común, y éste acabó conmigo. La censura que otros habían ejercido sobre mí se transmutó en autocensura; y a ésta no la pude esquivar.
A partir de entonces, me guardé de exponer ideas controvertidas o que pudieran provocar escándalo; y poco a poco me fui convirtiendo en un ser “anodino” y “ejemplar”.
Ahora, cuando escribo, antes de plasmar en el papel mis ocurrencias, las matizo y/o modifico para no significarme. Sería horrible convertirme en maldita.
A veces, me gustaría transformarme en un ente sin circunstancias. Otras, pienso en utilizar seudónimo, pero esto último es enteramente imposible: soy demasiado vanidosa para ocultar mi identidad.

Mereció la pena


Desde hacía un tiempo, tenía la idea de editar un libro. No lo llevaba a cabo porque no tenía ganas de meterme en berenjenales, pero ahora me he decidido y me hace mucha ilusión.
Mi libro va a contener los escritos que he ido publicando en este espacio; varios relatos inéditos; y algunas de las cartas que me han publicado los periódicos.
Se titulará “Mereció la pena”  porque el tiempo que gasté en escribirlo lo doy por bien empleado; y estará dedicado a mi abuela Nieves y a mi tía Amalia.
Los 200 ejemplares de la tirada me tienen que bastar para regalar una reproducción a cada uno de mis familiares y amigos; guardar un pequeño retén en casa; y entregar los 4 preceptivos del depósito legal.
El saber que estos últimos van a estar en cuatro bibliotecas excita mi imaginación: ¿quién sabe  si las generaciones venideras lo descubrirán y tendrán constancia de que he vivido?

domingo, 25 de diciembre de 2016

A la ventura


¡Oye, marido! ¿Por qué no desertamos de nuestras obligaciones y nos perdemos por ahí? Mira que yo estoy muy harta de esta vida tan igual. Solo tendríamos que hacer la maleta...
¿Te acuerdas de aquel viaje que hicimos por el sur de Francia? Estábamos recién casados, y, como ahora, era Navidad. Visitamos Narbonne, Carcassonne y Toulouse. En la primera ciudad nos hospedamos en un hotel muy acogedor y pintoresco. Nos llamó la atención la cantidad de cojines que había en el suelo de la habitación y las tulipas que giraban y fosforescían en la oscuridad. A la mañana siguiente nos enteramos de que la mujer que lo regentaba había sido madama.
En Toulouse, paseando por la orilla del Garonne, conocimos a un exiliado español. Nos invitó a su casa y compartió con nosotros su comida y sus recuerdos. Había perdido dos dedos del pie por congelación en un campo de concentración en Francia; y la mayor parte de la conversación giró en torno a la Guerra Civil española. ¡Qué vida más terrible la de aquel hombre! ¡Cómo nos impresionó su odisea!