Por los años de 1970, yendo hacia Madrid con una amiga, tuve una experiencia que me dejó pasmada.
Ocurrió que, en determinada estación, una mujer subió al tren y entró en nuestro compartimento. Era delgada, vestía pantalones y llevaba un corte de pelo a lo garçon. Ocupó su asiento y se comió dos cruasanes en un santiamén; y en algún momento de este proceso, yo me apercibí de que esta viajera quería ligar conmigo.
Comencé a sentirme incomoda y, discretamente, comuniqué a mi amiga mis sospechas; pero como ella no captaba esos efluvios de atracción sexual, no le pareció que aquello fuera real y lo achacó todo a mi imaginación.
Poco después, cuando mi compañera de viaje desapareció para ir al servicio, la viajera misteriosa me mostró una revista con fotografías de mujeres en actitud inequívoca y me preguntó si me interesaba. Apresuradamente y con aturullamiento le contesté que no; y en eso llegó mi amiga.
Dado que hasta entonces nadie me había hecho proposiciones de una manera tan explícita, aquel suceso lo viví como algo extraordinario; e incluso hoy me cuesta recordarlo sin asombro.

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