martes, 2 de julio de 2013

Mi vestimenta favorita


En verano, mi indumentaria preferida es una falda negra combinada con una camisa de color. La falda tiene más de veinte años. La compré durante un viaje que hice a Soria, y debe de estar hecha con material indestructible porque con los tutes que le doy… Las camisas son más nuevas. Las adquirí en una tienda muy estilosa que hay en la Gran Vía de Barcelona, y como fue durante el período de rebajas, resultaron baratísimas. Las tengo en diferentes colores: rosa, azul, amarillo, malva… Ponerme una u otra depende de mi estado de ánimo y del lugar adónde voy.

lunes, 1 de julio de 2013

Copa Confederaciones


Anoche, me hubiera gustado ver la final de la Copa Confederaciones entre España y Brasil, pero no pude hacerlo porque a la hora en que se celebró (las doce de la noche hora de aquí) yo estaba roque. Cuando me he despertado, a eso de las cuatro de la madrugada, le he dado un empujón a mi marido para que se espabilara y le he preguntado sobre el resultado. Sabía que sería una faena porque se le cortaría el sueño y no podría volver a dormirse, pero como era un partido tan apasionante, no podía resistir la curiosidad.

Nosotros somos aficionados al fútbol pero con medida: disfrutamos con los partidos decisivos; no nos emberrinchamos ni pataleamos cuando nuestro equipo pierde; no llamamos “hijo de puta” al jugador contrario cuando nos mete un gol; y no alcanzamos el éxtasis cuando ganamos aunque nos alegremos mucho.

domingo, 30 de junio de 2013

La Verbena de San Juan


Desde hace tiempo tengo una fantasía recurrente. En ella me siento transportada a un entoldado donde se está celebrando la verbena de San Juan. Es por los años de 1960; yo soy joven y estoy eufórica. El confeti y las serpentinas caen sobre mí mientras giro y giro sin parar. Mi partenaire no tiene cara, pero sé que es una de las razones de mi perfecto estado de bienestar. Me he vuelto invulnerable, y siento que nada ni nadie me puede herir.

En cierto modo mi ensueño se parece a aquella escena de la adaptación cinematográfica de “Últimas tardes con Teresa” en la que los protagonistas están bailando en una fiesta en el Carmelo; la diferencia es que en sus oídos suena el bolero “Niña” y en los míos el bolero “Cabaretera”.

sábado, 8 de junio de 2013

El cantor


Cuando la superferolítica Carmina se acostó, aunque hacía mucho calor, se subió la sábana hasta la barbilla para evitar que le picaran los mosquitos. Sin poder dormir y oyendo continuamente el zumbido de tan molestos insectos, estaba al borde de la histeria cuando oyó rasguear unas guitarras debajo de su balcón. En un primer momento no supo a qué se debía este hecho, pero cuando después de los primeros acordes Francisco José empezó a cantar “Cielito lindo”, se percató de que le estaban dando una serenata. Los efectos de los gorgoritos del cantor en su espíritu fueron mágicos, porque el desengaño y la mala leche acumulada por no haber sabido de él en toda la semana desaparecieron enseguida, y su corazón fue ocupado por una emoción muy intensa que la hizo suspirar.
Lo que procedía a continuación era salir al balcón y Carmina así lo hizo; pero necesitó Dios y ayuda, porque era de natural tímido y vergonzoso. Su madre, su abuela y su tía, que para entonces estaban con ella en la habitación, le ayudaron infundiéndole ánimo. Cuando la serenata finalizó, la familia invitó a los jóvenes a un refrigerio.
   

domingo, 26 de mayo de 2013

Salir de ronda


El sábado por la noche, Francisco José, su hermano Carolo y su primo Dionisio salieron de ronda. A la primera muchacha que festejaron fue a una veraneante francesa (descendiente de españoles) con la que Carolo pretendía ligar; la segunda fue la protagonista de los sueños erótico-sentimentales de Dionisio; y la tercera, Carmina.

En los tres lugares interpretaron el mismo repertorio, pero según quien fuera la destinataria de los cantos, se significaba uno, otro u otre. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Carmina




La noticia de que Francisco José había muerto anonadó a Carmina; durante las horas que transcurrieron hasta el entierro estuvo zombi, y cuando el duelo acabó, se sumió en un marasmo que le duró semanas.
El porqué de esta aflicción tan tremenda era el amor que, pese a haberse casado con otro, Carmina le profesaba al susodicho. La historia empezó en los años sesenta cuando la muchacha, recién salida de un internado monjil, acudió a un guateque y Francisco José la sacó a bailar. Ella aceptó porque le gustó lo que veía (un joven gallardo y altanero como el de la copla) y porque en ese momento sonaba “Perfidia”, su bolero favorito. Se sintió transportada al paraíso cuando él la agarró por la cintura; y cuando le dio un mordisquito en la oreja mientras le susurraba la letra de la canción, el asunto llegó al clímax. Acabada la música lenta fueron a sentarse a una cama turca llena de cojines de colores, y allí, entre trago y trago de cuerva, el joven le contó su servicio militar. Fueron cuatro horas de intensa narración en las que ambos disfrutaron de lo lindo: el uno porque tenía como afición favorita hablar de sí mismo; y la otra porque a estas alturas ya se había prendado del galán. Cuando la fiesta acabó y se despidieron, él le dijo que tenía mucho estilo y que le gustaría volver a verla, pero como era muy tarde y había gente delante, no quedaron en nada.
Los días siguientes fueron de desconcierto y dolor para Carmina porque su enamorado no aparecía; y así anduvo hasta la quinta noche, en que Francisco José se manifestó dándole una serenata. 

sábado, 27 de abril de 2013

Intentando escribir



Me llamo Marina, tengo ochenta años y padezco depresión. Una psicóloga nueva me ha recomendado que cada día escriba un rato contando cosas que me hayan pasado a lo largo de la vida, y yo, que ya he probado un sinfín de remedios y no mejoro, he decidido seguir su consejo.
Provista de libreta, lápiz y goma de borrar, arrimo mi sillón favorito a la mesa del comedor y me siento, pero cuando voy a escribir me doy cuenta de que la cosa no es tan sencilla como parece. No sé por dónde empezar: ¿me remonto hasta mi infancia en un pueblecito de La Mancha o comienzo por mi mocedad y mi estancia durante un año en el campo, en la casa de mi abuela? Allí aprendí a leer y a escribir, y allí me pretendió el que luego fue mi marido. Tampoco sé si narrar los hechos cronológicamente o salteados según me vengan.
Ahora estoy esperando al técnico del gas que viene a revisar la instalación. Como me duele la espalda, pienso en lo bien que me vendría un cojín anatómico de ésos que anuncian en la teletienda y que dicen que son mágicos; pero con mis posibles, como no me toque la lotería…
Mi pensión, como la de casi todas las viudas, es insuficiente. Con ella me mantengo yo y ayudo a un hijo de cincuenta y siete años que está parado y tiene que pagar una hipoteca. Habitualmente como puchero. Lo hago los domingos, lo meto en la nevera y durante la semana lo voy consumiendo. Cuando le añado cardillos me queda riquísimo, pero no siempre encuentro esta hortaliza en el mercado. Del jamón serrano no recuerdo su sabor; y en cuanto a la fruta, ese alimento tan saludable y que tanto nos recomiendan tomar a los viejos (¡qué sarcasmo!), apenas me puedo permitir una pieza al día.
Ver cómo está cambiando el mundo y a la velocidad que lo hace me maravilla y me inquieta. Cuando yo era pequeña, por ejemplo, podía hablar con mi abuela de todo y nos entendíamos perfectamente. Esto era así porque las cosas y las costumbres de su niñez y de la mía eran prácticamente iguales. Pero ahora, con tanto adelanto, oigo hablar a mis nietos de según qué cosas y me quedo en blanco. Lo que hago con ellos, para no llegar nunca a sentirnos ajenos, es intercambiar palabras. El otro día yo les di arrecirse, brasero de picón y cabrillas; y ellos me correspondieron con chat, web y disc-jockey.
Ahora quiero hablar de los dos hombres con los que he convivido. Con el primero me casé y tuve a mis seis hijos. Con el segundo no lo hice porque el casamiento conllevaba perder mi pensión de viudedad, y con ella mi independencia y la posibilidad de vivir con cierta holgura. Juntarme con este segundo hombre fue una decisión dificilísima de tomar porque en mi familia no se veía bien el concubinato, y yo consideraba que tenía que ser un modelo para mis nietas, que estaban en edad de merecer.
¡Riinnngggg! Lo siento; tengo que dejar de escribir porque ha llegado el técnico y tengo que decirle dónde está la caldera.