sábado, 8 de junio de 2013

El cantor


Cuando la superferolítica Carmina se acostó, aunque hacía mucho calor, se subió la sábana hasta la barbilla para evitar que le picaran los mosquitos. Sin poder dormir y oyendo continuamente el zumbido de tan molestos insectos, estaba al borde de la histeria cuando oyó rasguear unas guitarras debajo de su balcón. En un primer momento no supo a qué se debía este hecho, pero cuando después de los primeros acordes Francisco José empezó a cantar “Cielito lindo”, se percató de que le estaban dando una serenata. Los efectos de los gorgoritos del cantor en su espíritu fueron mágicos, porque el desengaño y la mala leche acumulada por no haber sabido de él en toda la semana desaparecieron enseguida, y su corazón fue ocupado por una emoción muy intensa que la hizo suspirar.
Lo que procedía a continuación era salir al balcón y Carmina así lo hizo; pero necesitó Dios y ayuda, porque era de natural tímido y vergonzoso. Su madre, su abuela y su tía, que para entonces estaban con ella en la habitación, le ayudaron infundiéndole ánimo. Cuando la serenata finalizó, la familia invitó a los jóvenes a un refrigerio.
   

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