Cuando
la superferolítica Carmina se acostó, aunque hacía mucho calor, se
subió la sábana hasta la barbilla para evitar que le picaran los
mosquitos. Sin poder dormir y oyendo continuamente el zumbido de tan
molestos insectos, estaba al borde de la histeria cuando oyó
rasguear unas guitarras debajo de su balcón. En un primer momento no
supo a qué se debía este hecho, pero cuando después de los
primeros acordes Francisco José empezó a cantar “Cielito lindo”,
se percató de que le estaban dando una serenata. Los efectos de los
gorgoritos del cantor en su espíritu fueron mágicos, porque el
desengaño y la mala leche acumulada por no haber sabido de él en
toda la semana desaparecieron enseguida, y su corazón fue ocupado
por una emoción muy intensa que la hizo suspirar.
Lo
que procedía a continuación era salir al balcón y Carmina así lo
hizo; pero necesitó Dios y ayuda, porque era de natural tímido y
vergonzoso. Su madre, su abuela y su tía, que para entonces estaban
con ella en la habitación, le ayudaron infundiéndole ánimo. Cuando
la serenata finalizó, la familia invitó a los jóvenes a un
refrigerio.

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