sábado, 8 de junio de 2013

El cantor


Cuando la superferolítica Carmina se acostó, aunque hacía mucho calor, se subió la sábana hasta la barbilla para evitar que le picaran los mosquitos. Sin poder dormir y oyendo continuamente el zumbido de tan molestos insectos, estaba al borde de la histeria cuando oyó rasguear unas guitarras debajo de su balcón. En un primer momento no supo a qué se debía este hecho, pero cuando después de los primeros acordes Francisco José empezó a cantar “Cielito lindo”, se percató de que le estaban dando una serenata. Los efectos de los gorgoritos del cantor en su espíritu fueron mágicos, porque el desengaño y la mala leche acumulada por no haber sabido de él en toda la semana desaparecieron enseguida, y su corazón fue ocupado por una emoción muy intensa que la hizo suspirar.
Lo que procedía a continuación era salir al balcón y Carmina así lo hizo; pero necesitó Dios y ayuda, porque era de natural tímido y vergonzoso. Su madre, su abuela y su tía, que para entonces estaban con ella en la habitación, le ayudaron infundiéndole ánimo. Cuando la serenata finalizó, la familia invitó a los jóvenes a un refrigerio.
   

domingo, 26 de mayo de 2013

Salir de ronda


El sábado por la noche, Francisco José, su hermano Carolo y su primo Dionisio salieron de ronda. A la primera muchacha que festejaron fue a una veraneante francesa (descendiente de españoles) con la que Carolo pretendía ligar; la segunda fue la protagonista de los sueños erótico-sentimentales de Dionisio; y la tercera, Carmina.

En los tres lugares interpretaron el mismo repertorio, pero según quien fuera la destinataria de los cantos, se significaba uno, otro u otre. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Carmina




La noticia de que Francisco José había muerto anonadó a Carmina; durante las horas que transcurrieron hasta el entierro estuvo zombi, y cuando el duelo acabó, se sumió en un marasmo que le duró semanas.
El porqué de esta aflicción tan tremenda era el amor que, pese a haberse casado con otro, Carmina le profesaba al susodicho. La historia empezó en los años sesenta cuando la muchacha, recién salida de un internado monjil, acudió a un guateque y Francisco José la sacó a bailar. Ella aceptó porque le gustó lo que veía (un joven gallardo y altanero como el de la copla) y porque en ese momento sonaba “Perfidia”, su bolero favorito. Se sintió transportada al paraíso cuando él la agarró por la cintura; y cuando le dio un mordisquito en la oreja mientras le susurraba la letra de la canción, el asunto llegó al clímax. Acabada la música lenta fueron a sentarse a una cama turca llena de cojines de colores, y allí, entre trago y trago de cuerva, el joven le contó su servicio militar. Fueron cuatro horas de intensa narración en las que ambos disfrutaron de lo lindo: el uno porque tenía como afición favorita hablar de sí mismo; y la otra porque a estas alturas ya se había prendado del galán. Cuando la fiesta acabó y se despidieron, él le dijo que tenía mucho estilo y que le gustaría volver a verla, pero como era muy tarde y había gente delante, no quedaron en nada.
Los días siguientes fueron de desconcierto y dolor para Carmina porque su enamorado no aparecía; y así anduvo hasta la quinta noche, en que Francisco José se manifestó dándole una serenata. 

sábado, 27 de abril de 2013

Intentando escribir



Me llamo Marina, tengo ochenta años y padezco depresión. Una psicóloga nueva me ha recomendado que cada día escriba un rato contando cosas que me hayan pasado a lo largo de la vida, y yo, que ya he probado un sinfín de remedios y no mejoro, he decidido seguir su consejo.
Provista de libreta, lápiz y goma de borrar, arrimo mi sillón favorito a la mesa del comedor y me siento, pero cuando voy a escribir me doy cuenta de que la cosa no es tan sencilla como parece. No sé por dónde empezar: ¿me remonto hasta mi infancia en un pueblecito de La Mancha o comienzo por mi mocedad y mi estancia durante un año en el campo, en la casa de mi abuela? Allí aprendí a leer y a escribir, y allí me pretendió el que luego fue mi marido. Tampoco sé si narrar los hechos cronológicamente o salteados según me vengan.
Ahora estoy esperando al técnico del gas que viene a revisar la instalación. Como me duele la espalda, pienso en lo bien que me vendría un cojín anatómico de ésos que anuncian en la teletienda y que dicen que son mágicos; pero con mis posibles, como no me toque la lotería…
Mi pensión, como la de casi todas las viudas, es insuficiente. Con ella me mantengo yo y ayudo a un hijo de cincuenta y siete años que está parado y tiene que pagar una hipoteca. Habitualmente como puchero. Lo hago los domingos, lo meto en la nevera y durante la semana lo voy consumiendo. Cuando le añado cardillos me queda riquísimo, pero no siempre encuentro esta hortaliza en el mercado. Del jamón serrano no recuerdo su sabor; y en cuanto a la fruta, ese alimento tan saludable y que tanto nos recomiendan tomar a los viejos (¡qué sarcasmo!), apenas me puedo permitir una pieza al día.
Ver cómo está cambiando el mundo y a la velocidad que lo hace me maravilla y me inquieta. Cuando yo era pequeña, por ejemplo, podía hablar con mi abuela de todo y nos entendíamos perfectamente. Esto era así porque las cosas y las costumbres de su niñez y de la mía eran prácticamente iguales. Pero ahora, con tanto adelanto, oigo hablar a mis nietos de según qué cosas y me quedo en blanco. Lo que hago con ellos, para no llegar nunca a sentirnos ajenos, es intercambiar palabras. El otro día yo les di arrecirse, brasero de picón y cabrillas; y ellos me correspondieron con chat, web y disc-jockey.
Ahora quiero hablar de los dos hombres con los que he convivido. Con el primero me casé y tuve a mis seis hijos. Con el segundo no lo hice porque el casamiento conllevaba perder mi pensión de viudedad, y con ella mi independencia y la posibilidad de vivir con cierta holgura. Juntarme con este segundo hombre fue una decisión dificilísima de tomar porque en mi familia no se veía bien el concubinato, y yo consideraba que tenía que ser un modelo para mis nietas, que estaban en edad de merecer.
¡Riinnngggg! Lo siento; tengo que dejar de escribir porque ha llegado el técnico y tengo que decirle dónde está la caldera.

domingo, 17 de marzo de 2013

La respuesta



Un día de primavera de 191., el Señorito, con más prosopopeya que de costumbre, le pidió relaciones a Analía. Ésta, que estaba enamorada de él hasta los tuétanos, decidió aceptar la proposición, pero no se lo dijo porque, en aquellos tiempos y en aquel ambiente, estaba mal visto que una señorita se mostrara franca y natural delante de un hombre. Lo que procedía en estos casos, y así lo hizo Analía, era ruborizarse un poco, sorprenderse, no demostrar entusiasmo y posponer la respuesta hasta después de haberlo pensado detenidamente. Acabada la actuación de la joven, la posible parejita se despidió, no sin antes fijar el Corpus como el día en el que, durante la procesión, el pretendiente volvería a preguntarle a Analía que si quería ser su novia.
Ya en su casa, la muchacha, loca de alegría, contó a su madre y a sus hermanas lo sucedido; y éstas, deslumbradas con la posibilidad de emparentar con gente de tantísimo postín, fueron incapaces de poner objeciones al proyecto. En cambio, la abuela, como gozaba de gran sentido común y había visto nacer a los Señoritos, intentó persuadir a su nieta de que su respuesta fuera negativa. Pero Analía, instalada en una nube, no la escuchaba.
Se pasaba los días pensando en la boda e imaginando ardientes escenas de amor con su pretendiente. De vez en cuando, irrumpían en ellas sus dominantes cuñadas, y entonces, desaparecía la calentura y aparecía el helor. Consideraba a éstas las causantes de la debilidad del hermano, y las veía como dos cardos borriqueros creciendo al lado de un delicadísimo rosal (el amado), e impidiendo su desarrollo. Deseó que se casaran pronto para que desaparecieran de sus vidas. Quizá en el balneario al que iban cada año a tomar las aguas encontraran a un par de viudos que las llevaran al altar…
Y por fin llegó el Gran Día. Analía, ansiosa perdida, apenas durmió y comió en las horas previas, y cuando tocaron a misa, allí que se fue acompañada de sus hermanas y sus amigas. Al entrar en la iglesia, miró hacia donde se sentaban siempre los Señoritos y vio el banco vacío. Entonces, tuvo un horrible presentimiento y creyó que se le pararía el corazón. Durante un mes, desconcertada y llena de vergüenza, no quiso salir de su casa. Entre lloro y lloro pensó que su excesiva desenvoltura había espantado al galán. Luego se convenció de que habían sido las arpías de las hermanas, con su machaqueo constante en contra, las que lo habían hecho desistir de su propósito. En este punto, como creía en el poder mágico del cruce de miradas entre enamorados, buscó desesperadamente atravesar la suya con la de él, pero no lo logró porque a partir de entonces el “caballero” se mostró huidizo y cobardón.
Dos años después llegó al pueblo un nuevo secretario del Ayuntamiento que era una perita en dulce para cualquier muchacha casadera. Se prendó de Analía y la pretendió, pero ésta lo rechazó porque le guardaba el sitio al Señorito.
El tiempo fue pasando y los protagonistas de esta historia envejeciendo. El Señorito continuó siendo hasta su muerte un jarrón de porcelana al que sus hermanas guardaron para que no se quebrara, y Analía puso una pensión para poder subsistir. El amor que sintió por el Señorito se fue mezclando con odio y desprecio a medida que se fue dando cuenta de que había desperdiciado su vida por él. Ya no lo veía como tímido, culto y elegante, sino como pusilánime, redicho y cursi. A veces soñaba con camioneros que le hacían sentir un no sé qué por las entrañas, pero no se lo decía a nadie.
Y lo más sorprendente de todo es que, en lo más hondo de su corazón, siempre esperó que el Señorito viniera a pedirle la respuesta.

sábado, 23 de febrero de 2013

Depresión



Hubo un tiempo en que a Gloria, sentir el sol en la cara un día de mucho frío le producía un inmenso placer. Lo mismo le sucedía cuando notaba pasar el agua por su garganta si estaba sedienta; al escuchar Tosca; al releer algunos libros de Somerset Maugham… Siempre tenía ánimos para afrontar los problemas de la vida diaria, y parecía tener en su interior una fuerza mágica que le impedía flaquear por muy mal dadas que le vinieran las cosas.
En la actualidad, en plena menopausia, Gloria ha sufrido dos golpes en un corto espacio de tiempo que la han dejado al borde del desmoronamiento: uno ha sido la muerte de sus padres, y el otro la emancipación de sus hijos. Invadida por la tristeza, no tiene ánimos para nada, ni siquiera para escribir, cuando antes esta afición era la pasión de su vida. Ante cada nuevo día, siente desazón y vértigo mañanero, y de vez en cuando tiene molestias en el aparato digestivo, en el corazón o en la columna vertebral. Recuerda las muchas veces en que un allegado le habló de la insoportable monotonía de su vida, y piensa que quizá el susodicho padecía el mismo mal que ahora le aqueja a ella. Advierte que su matrimonio se resquebraja, y no sabe con certeza si ha sido una de las causas o la consecuencia de su estado. Intenta encontrar fuerzas para salir del hoyo donde está metida; para volver a disfrutar la vida; tener ilusiones y esperanzas y recomponer su entorno. A ver si  lo logra.

sábado, 9 de febrero de 2013

El anhelo de Adelina: Primera parte



Uno de los mejores momentos de la vida de Adelina fue cuando Fuensanta, una chica mayor que ella y muy popular, la abordó en la calle para invitarla a un guateque que se iba a celebrar el sábado por la tarde en su club. Emocionada hasta más no poder, Adelina fue a visitar a su abuela y le contó lo sucedido. También le dijo que siempre había admirado a Fuensanta y que se moría de ganas de entrar en su pandilla. A la abuela, el deslumbramiento que observó en su nieta le preocupó sobremanera. Con su dulzura habitual, advirtió a ésta de que, si no se andaba con tiento, podía perder a sus amigos de toda la vida; ésos con los que se compenetraba tanto y con los que lo pasaba tan bien.  Le aconsejó que hablara con Fuensanta, y que le preguntara si su pandilla también estaba invitada a la fiesta; y si no era así, que diera las gracias, pusiera una excusa y no asistiera.
Aquellas palabras abatieron a Adelina, y de resultas, se le cayeron los mofletes y se le puso la cara larga.