Uno de los mejores momentos de la vida de Adelina fue cuando
Fuensanta, una chica mayor que ella y muy popular, la abordó en la calle para
invitarla a un guateque que se iba a celebrar el sábado por la tarde en su
club. Emocionada hasta más no poder, Adelina fue a visitar a su abuela y le
contó lo sucedido. También le dijo que siempre había admirado a Fuensanta y que
se moría de ganas de entrar en su pandilla. A la abuela, el deslumbramiento que
observó en su nieta le preocupó sobremanera. Con su dulzura habitual, advirtió
a ésta de que, si no se andaba con tiento, podía perder a sus amigos de toda la
vida; ésos con los que se compenetraba tanto y con los que lo pasaba tan bien. Le aconsejó que hablara con Fuensanta, y que
le preguntara si su pandilla también estaba invitada a la fiesta; y si no era
así, que diera las gracias, pusiera una excusa y no asistiera.
Aquellas palabras abatieron a Adelina, y
de resultas, se le cayeron los mofletes y se le puso la cara larga.

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