Los Señoritos vivían en un casón a las afueras del pueblo.
Su contacto con el mundo se reducía a ir a misa los domingos, recibir alguna
que otra visita e ir todos los años a tomar las aguas a un balneario de la
costa levantina. Siempre que aparecían en público lo hacían en forma de trío
con criada; y era esta mujer, la criada, la que cada día, al volver de comprar,
los enteraba de todas las novedades ocurridas en el pueblo.
Aunque pocos los habían visto, en toda la comarca se hablaba
de tres artefactos que tenían en la casa: un piano; una fuente con un gramófono
reproductor de trinos pajariles; y una casa de muñecas. Los dos últimos estaban
conectados a la aldaba de la puerta, de manera que, cuando alguna visita llamaba, se ponían en funcionamiento.
El espectáculo que se ofrecía a los recién llegados los
dejaba, dependiendo del temperamento que tuvieran, extasiados o escalofriados.
Y es que, en medio de aquel ambiente, ver surtir el agua de la fuente
acompañada del gorjeo de los pájaros, y contemplar a los muñecos cobrar vida era
alucinante y aterrador. Mientras duraba la visita, Isadora, la hermana mayor,
tocaba una y otra vez en el piano “Para Elisa”, de Beethoven.

No hay comentarios:
Publicar un comentario