Valiéndome de un juego de armas de mentira, una vez hice de tragasables en una función. Fue una experiencia única; un momento en el que me sentí libre y donde pude ser realmente yo.
Para caracterizarme de artista, me fijé en el retrato de Solimán el Magnífico que venía en el libro de Historia de la escuela y adopté su look. También elegí su nombre, sin el alias, a fin de anunciarme en los carteles del teatro: Solimán a secas, me hice llamar.
Como tragarme un vulgar cuchillo me parecía un acto muy poco interesante, a cada arma blanca que tenía que utilizar en el espectáculo le inventé una leyenda. Así, de una navaja cabritera de espeluznante aspecto divulgué que había pertenecido a un famoso bandolero de Sierra Morena; y una espada parecida a la Tizona se la asigné nada menos que al Cid Campeador...
Nieves Correas Cantos

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