Cuando la vorágine citadina me engulla de nuevo, recordaré con nostalgia el día de ayer. Todos los momentos vividos; lo que hicimos y lo que hablamos. El cañeo, la comida, el café... Pero, sobre todo, evocaré el final de la jornada como una especie de llamada al espíritu de la tranquilidad; para que la calma me posea en las situaciones de estrés.
Irnos al campo a contemplar el ocaso fue el remate perfecto a una data que preveo inolvidable. Sentados los cuatro en el poyo de la casa, pudimos percibir de manera clara el sentido alegórico de la caída del sol. Emocionados y admirados, nos costaba concluir...
Nieves Correas Cantos

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