Mira esta bacinilla. Es de estilo rococó. Se la compré a un chamarilero por cincuenta duros contantes y sonantes. Le pagué tan alto precio porque el hombre me aseguró que el objeto había pertenecido a Carlos Gardel; según me dijo, se trataba del recipiente donde el artista enjuagaba su navaja de afeitar. ¡Imagínate! ¡Carlos Gardel! ¡Con lo que a mí me gusta el tango! De hecho me considero una fan absoluta de tal género musical.
Pero la bacinilla no es la única reliquia tanguera que poseo. Además guardo un tubo de brillantina mediado y un peinecillo de concha de esos que los varones presumidos llevan en el bolsillo anterior de la chaqueta. Ambas cosas me las regaló un tanguista bonísimo que llegó a actuar en un cabaré de París. ¡Y el peine me lo dio con algunos pelos incluidos! ¡Fue un detalle extraordinario!
Y, por supuesto, tengo discos. ¡Muchos discos! “La cumparsita”, “Volver”, “Caminito”, “El día que me quieras”... Canciones eternas que no me canso de escuchar.
Nieves Correas Cantos

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