Mis periplos mañaneros de ahora tienen poca semejanza con los del año pasado por estas fechas. Entonces salía de mi casa sin mascarilla, preocupación ni observancia, y el recorrido era un goce. Pero en el presente, cargado con estas tres cosas, me siento condicionado y no consigo disfrutar.
El trayecto no ha variado: de mi casa a la papelería; de ésta a la tahona; y regreso al punto de partida. Lo que ocurre es que antes, la salida para comprar el pan y el periódico se podía convertir en una aventura con infinitas posibilidades; y en estos momentos, esa ruta es un mero itinerario donde lo que prima es la precaución.
Echar de menos
Añoro el despejo con que nos tratábamos en el tiempo anterior a la pandemia; confraternizar con mis paisanos sin tener que observar la distancia de seguridad; juntarme con fulano o con mengano en la caseta, y comentar las noticias del diario mientras nos tomamos un refresco de limón; las parrafadas con los panaderos, y las probaduras, previo enfriamiento, de las exquisiteces que iban saliendo del horno.
Dejar en herencia
Mi compadre dice que, como recordatorio de la COVID-19, le va a dejar a sus futuros nietos las mascarillas que le sobren... Pero los míos van a heredar algo más. Mis sucesores van a recibir un cuadro en el que aparezco yo, Sarbelio Pérez, cubierto el rostro con mascarilla, y con un pan y un periódico entre las manos. La bruma formada por el temor y la responsabilidad lo oscurecen todo, excepto un punto de luz en el horizonte que se adivina el remedio. Se va a titular “Un periplo mañanero en tiempos de pandemia”, y lo está pintando mi mujer.

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