Desde que sé que mi nuera está embarazada, percibo el mundo de otra manera. Es como si me hubiera puesto unas gafas de abuela, y todo lo mirara a través de sus cristales. En los niños pequeños, por ejemplo, yo antes apenas reparaba; y ahora, renacuajo que veo, renacuajo que observo, tratando de adivinarle la edad. Y todo esto para hacerme una idea de cómo será mi nieto, cuando tenga los mismos años que le presumo al infante en cuestión.
Algunas tardes me siento en un parque donde abundan las ardillas; y, viéndolas subir y bajar por los troncos de los árboles, me imagino contemplando el espectáculo, dentro de un tiempo, con mi tesorete. Y lo mismo me ocurre en los momentos en los que paso por delante del terreno donde pace el ganado; o al divisar dos burros y un poni que se encuentran tras el cercado de una granja.
A mi hijo le he dicho que quiero que su vástago me llame por mi nombre. Y no es que me disguste el apelativo de abuela, pues eso es lo que voy a ser; pero lo que sucede es que de esa condición vamos a disfrutar cuatro personas, y Policarpa sólo soy yo.
Me gusta ponerle la mano en la barriga a la futura mamá para contactar con la creatura; y me pregunto si sacará la pelambrera de su padre, o el cabello liso y sedoso de su progenitora...
Y en lo que llevo pensando unos días es en el acervo que le tengo que transmitir.

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