Lo que le ocurrió a Cleofé en la boda de su hija no fue un resbalamiento ni un traspié; ni tampoco un tropezón... Lo que le pasó fue que, como los zapatos le venían grandes, los pies se le salieron y fueron a parar al marmóreo suelo de la iglesia. O dicho en román paladino, que se quedó descalza en el presbiterio, en el momento en que iba a leer un pasaje del Cantar de los Cantares.
Al ser este área del altar una especie de escenario, todos los invitados miraban hacia él y a nadie le pasó desapercibido el rocambolesco percance. Fue todo un espectáculo. Ver las dos extremidades deslizarse y emerger de los tacones, primero una y después la otra; contemplar como sorprendidas y nerviosas se detenían en las losas basilicales. En fin...
Cleofé siempre lamentó no haber llevado calzado de su talla en un día tan importante. Creía que sin el descalabro podal todo hubiera resultado perfecto. Pero es que como la compra zapatera la dejó para el último día, le fue imposible encontrar su número, ya que tenía que ser de un color muy determinado. Intentó paliar el desajuste con una doble plantilla en cada pie, pero no le valió de nada; y el llevar medias tampoco ayudó...

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