El pueblo me tenía atrapada y me ha costado mucho volver. El paisaje y el paisanaje estaban este año especialmente bonicos, y yo me dejaba seducir. Una vez empecé a preparar los bártulos para regresar, pero me apetecía tan poco hacerlo que me valí de no recuerdo qué pretexto para posponer la venida.
Su bosque de pinos, sabinas y álamos era el lugar perfecto para refugiarme cuando, por los datos que arrojaban los noticiarios sobre la evolución de la pandemia, el panorama se me antojaba apocalíptico. Y el daiquiri que me tomé al borde de la piscina de mis amigos T. y M.C., mientras escuchaba a Diego el Cigala, tampoco lo podré olvidar...

No hay comentarios:
Publicar un comentario