Cuando Ramona llegó al domicilio de la condesa para entrevistarla acerca de su pasión por el séptimo arte, el mayordomo le anunció que a la aristócrata le había dado un ligero vahído y que por este motivo se hallaba encamada. Añadió que no era nada grave; y que, si no le importaba esperar, al cabo de dos horas le concedería la interviú.
Las palabras de aquel hombre vestido con librea contrariaron a Ramona porque el retraso iba a desbaratar sus planes de trabajo vespertino; pero a la vez la maravillaron, ya que le parecieron los vocablos ideales para excusar a la noble que, probablemente, se encontraba durmiendo la siesta.
Aceptada la demora de la conversación con la dama de prosapia, el criado le preguntó a Ramona que cómo le gustaría entretener la espera; a lo que ella respondió que viendo “Picnic” en la sala de cine de la mansión. Y a partir de ese momento, la protagonista de esta historia comenzó a vivir una experiencia maravillosa...
Un viaje en el que se sintió transportada desde el butacón en el que estaba disfrutando del filme y del güisqui que le había preparado el sirviente, hasta el interior de la gigantesca pantalla. Algo que ocurrió en el momento en el que sonaba “Moonglow”; y que por lo tanto, fue ella, y no Kim Novak, la que bajó las escaleras palmeando y moviéndose al compás de la música para bailar con William Holden.

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