Me miro en el espejo lo imprescindible; normalmente para acicalarme, y cuando no tengo más remedio. Y muchos de vosotros pensaréis que como casi todos, pero no: hay gente que guarda con la luna de su casa una relación muy especial.
Haciendo posturitas o buscándose imperfecciones
Algunas de las creaturas a las que me refiero se pirran por contemplarse en diferentes posturas; y así, en vez de dedicarse a leer, por ejemplo, se pueden pasar una tarde entera contorsionándose enfrente de un cristal. En un puesto más elevado colocaría a los narcisos; a aquellos que se creen tan tan guapos que solo con verse llegan al éxtasis. Y luego están los que se encuentran en el extremo opuesto; los que faltos de seguridad se buscan y rebuscan defectos en la tabla mágica, para inmediatamente intentarlos remediar.
Una impresión desazonadora
Yo lo que sí he experimentado en alguna ocasión ha sido una gran inquietud al ver mi imagen reflejada en un espejo. Ha ocurrido cuando he conseguido abstraerme y, con los sentidos fuera de la realidad, he sido capaz de percibir a la mujer añosa y con cara de malhumor que tenía delante como un sujeto independiente. Ya digo, es algo muy desasosegador.
Turbar la tranquilidad
¿Y adónde quiero llegar con todo lo que llevo escrito? Pues a que hace unos días leí en una revista que, mediante una aplicación, uno puede verse convertido en alguien del sexo contrario (bueno él no, su imagen). Y a que yo pienso que si nos volvemos a centrar en lo esencial, esto puede resultar también muy turbador ¿o no? De todas maneras, con este calor cualquiera lo prueba.

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