El deber del anfitrión es procurar que su invitado disfrute; pero, a veces, este propósito resulta arduo, por no decir imposible. Es lo que me está sucediendo a mí con un allegado que vino hace un mes a conocer Barcelona y lleva aposentado en mi casa desde entonces. Con toda verdad he de decir que mi compadre hace esfuerzos para que todo salga bien; mas el problema radica en que carece de inclinaciones con las que llenar el tiempo libre y dicha circunstancia lo condiciona todo. Lo cierto es que cuando no estamos de una parte a otra de la ciudad, mi huésped se aburre; que fuera del popurrí de gente que llena las calles, su hastío es palpable.
Yo estoy harta de la situación y lo que deseo es que mi visitante se marche. Aunque lo quiero mucho, su presencia y su furia callejera ya no las puedo soportar. En algunos momentos siento que me va a dar un ataque histérico; que en medio de Las Ramblas voy a comenzar a espasmar, a gritar y a llorar como una posesa...
Nieves Correas Cantos

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