Cada mañana, cuando me dirigía a la facultad, me encontraba con el hombre fumante. Lo descubría al doblar la esquina de la calle Fablistanear; casi al término de mi recorrido. Siempre lo hallaba en la misma posición: apoyado contra la pared del edificio y con la mano derecha sosteniendo un cigarrillo. A veces me parecía incorporado al paisaje...
Luego, durante el resto de la jornada, la imagen del ser humeante permanecía en mi cabeza condicionando mi actitud. Me quitaba el sosiego porque era la representación viva de mundos imaginados. Lo percibía como una especie de guía idóneo para conducirme por el caos...
Un día, el hombre del pitillo dejó de estar en la arista callejera y no lo vi nunca más. Al principio busqué en el suelo vestigios de su presencia por si se veía obligado a aparecer antes de mi llegada: colillas, ceniza... Pero como no topé con nada, pensé que se había ido de verdad...
Después, y hasta que acabé la carrera, no hubo amanecer en el que al atravesar el cantón no lo echara de menos; ni instantes previos a pasar el ángulo de la manzana en los que no tuviera la sensación de que iba a estar allí...
Nieves Correas Cantos

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