A mí, lo que más me gusta hacer es ventanear. Contemplar la vida a través del portillo de mi habitación me resulta fascinante. Creo que ningún placer se le puede igualar...
Diría que esta inclinación al ventaneo se gestó cuando aún llevaba mantillas y tomaba pelargón. Sí, ya sé que es una idea que suena estrambótica, pero es lo que pienso.
Entonces, de rorro, lo que percibía por el balcón de mi cuarto era la sucesión de las jornadas; la alternancia de la noche con el día; el rosario de tinieblas y de luz...
Después, en la época escolar, en lo que me fijaba desde el mirador era en las cabezas de los que transitaban por la calle; sobre todo en sus coronillas. En esa parte del tiesto es donde imaginaba yo que anidaban la fuerza y la debilidad de los hombres; la confianza y la incertidumbre... En la tonsura del párroco; en medio de la incipiente calvez del presumido; enmarañadas entre los cabellos ralos y níveos de la dona que se resistía a envejecer...
Asimismo me incitaban a asomarme a la ventana la llamada del afilador y la bocina del haiga que el ocioso terrateniente paseaba por el pueblo...
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario