Nada más verlas, me prendé de aquellas cortinas. Eran rojas, encendidas, de color de fuego... Me parecieron idóneas para adornar mi cuarto de estar. Pensé que cuando los rayos del sol las atravesaran, originarían en la habitación una atmósfera ignífera acorde con mi personalidad.
Rebosando entusiasmo, las compré. Así: a lo loco; sin informarme previamente de sus características y sin la mínima reflexión. Teniendo el convencimiento de que ponerlas en el ventanal de mi gabinete no entrañaría ninguna dificultad...
Pero en el momento en que estuve con ellas en casa, advertí mi error. Descubrí que la largura de las mismas no se ajustaba a la altura del aposento. Que una vez suspendidas del palo de arriba, sobraba medio metro de tela por abajo. Lienzo que se desparramaba impasible por las inmediaciones del mirador...
Entonces se me ocurrió hacerles un jaretón; sí, un dobladillo de más de cincuenta centímetros para que no arrastraran por el suelo. Mas como era y soy muy desmañada, pronto abandoné...
Al final lo medio solucioné con imperdibles. Hice un enorme pliegue y lo aseguré con alfileres como si fuera un hilván...
Empero el resultado fue una chapuza. Un pegote que siempre que el viento volteaba las cortinas y lo ponía a la vista, me dejaba en ridículo delante de mis visitas...
Nieves Correas Cantos

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