Cuando alguno de mis hermanos habló por teléfono con los Reyes Magos, yo estaba ausente y no pude participar en tan extraordinaria experiencia; pero, unas jornadas después, la noche en que Sus Majestades nos trajeron los juguetes, se me presentó la posibilidad de verlos en plena actuación...
Todo comenzó en el momento en que un gruñido animalesco me despertó. Provenía del callejón; de debajo de mi ventana. Lo identifiqué enseguida como propio de un camello porque el huevero de mi pueblo, que era oriundo de Asia, imitaba muy bien la voz de este rumiante... ¡Y entonces, por efecto de dicho reconocimiento, me percaté de que Melchor, Gaspar y Baltasar habían llegado!
Presté atención y los oí moverse por el piso bajo de la casa. Sus andares se adivinaban magníficos y serenos pese al inmenso trajín que debían de llevar... En tal instante me entraron unas ganas irresistibles de verlos; un deseo de asomarme a la escalera y penetrar en un misterio que me atraía muchísimo y que de ninguna manera llegaba a comprender... Mas un algo desconocido y paralizador me impidió ejecutar mis anhelos. Una impresión que me advertía de que la contemplación de los Sabios de Oriente serìa funesta para mí...
Nieves Correas Cantos

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