Confieso que en lo primero que me fijo cuando me acerco a un escrito es en su extensión. Si los renglones son pocos, me adentro en ellos con optimismo; dispuesta a descubrir lo mejor de cada línea. Pero como el final del texto no se deje ver, de lo único que soy capaz es de ojearlo con cierta sensación de abatimiento; pensando que quizá contenga algo interesante que me voy a perder...
Este apego a la brevedad de los pasajes me lo inculcó un maestro que se llamaba don Valero. Él sostenía que la cortedad y la frescura eran las dos cualidades que nunca debían faltar en una redacción. A la palabrería inútil la llamaba paja. Una vez, a un chiquillo que hizo una composición muy sucinta sobre las diferentes maneras que tenía un granjero de llamar a las gallinas le puso un diez. Recuerdo que declaró que dicha narración era de lo mejor que había leído en su vida...
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario