Cuando llegué a cierta edad, advertí que me había vuelto invisible. Un día, de manera inesperada, reparé en que mi persona resultaba imperceptible para los demás. Sumida en la perplejidad que me provocó tal descubrimiento, comencé a exagerar mis modales para hacerme notar; pero por más que voceé y agiganté mis actitudes, no conseguí atraer la atención de nadie en ningún sentido. Tampoco lo logré con mi pelo fosforito ni con mi indumentaria fuera de lo normal; así que, no queriendo perpetuarme como una especie de ente incorpóreo, maleducado y estrambótico, torné a mi estado natural...
Ahora que ya me he acostumbrado a que ninguna persona se percate de que existo, lo llevo muy bien. No tengo problemas de autoestima y me siento más libre sin tener que aparentar. Además, como ni siquiera el radar del trampantojo me detecta, puedo observar lo que esconde en su revés y alucinar...
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario