Por la calle voy siempre muy peripuesta: perejiles por aquí; composturas por allá... Pero en mi casa, en interés de la comodidad, acostumbro a permanecer desharrapada. Visto atuendos que se deshacen de lo gastados que están; prendas que muchos considerarían andrajos. Para mayor espectáculo, dichos harapos no pegan unos con otros; y, además, el uso que les doy puede no tener mucho que ver con aquél para el que fueron diseñados. Así, por ejemplo, una sudadera verde fosforito que me regalaron y que me parece espantosa la suelo utilizar como mandil. Y unos calcetines muy gordos que tiran a amarillo canario los empleo a modo de manoplas con la finalidad de no quemarme en la cocina.
Este desbarajuste indumentario no creo que se deba a mi excentricidad, sino a que mis pingajos y yo hemos llegado a formar una unión perfecta; una simbiosis en la que ellos se sienten queridos y paseados y mi menda en el colmo de la holgura.
Nieves Correas Cantos

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