miércoles, 9 de noviembre de 2022

LAS SOMBRAS DEL CEMENTERIO Y LOS CERRILLOS DE RASPAS

 Las sombras del cementerio nunca nos atraparon. Pero la adolescencia sí que nos alcanzó; y, cuando lo hizo, nos despojó del candor infantil...


LAS SOMBRAS DEL CEMENTERIO Y LOS CERRILLOS DE RASPAS

I. En mi niñez, los chiquillos y las chiquillas de la calle jugábamos a las mismas cosas. Quizá ellos se abstenían de saltar a la comba y nosotras de empujar las canicas con el dedo; mas las otras diversiones nos entretenían  de manera igual. Además, ningún crío se quedaba fuera del esparcimiento. Todos juntos, en pelotón, cual manada de traviesos canijos, nos dejábamos caer por los montículos de escobajo; explorábamos las cuevas en las que se cultivaba champiñón; e, interceptando la luz, proyectábamos nuestras figuras sobre las paredes de los zaguanes...

II. Sin embargo, la aventura más apasionante de todas las que emprendíamos era la excursión al cementerio la antevíspera de Todos los Santos. Entonces sí que experimentábamos miedo de verdad... Íbamos al anochecer; con la intención de desafiar a las sombras de los muertos que en ese momento deambulaban por allí. Después, una vez hecha la provocación, volvíamos corriendo a la villa con ellas persiguiéndonos de cerca. Aunque las imágenes espectrales, acaso por ser etéreas, jamás lograron cogernos...

III. La que sí consiguió atraparnos fue la adolescencia. En el tiempo en que llegó,  abandonamos la costumbre de entrar en las grutas de hongos; también de tirarnos por los cerrillos de raspas... Y los fantasmas del camposanto dejaron de interesarnos... 

En esos instantes, los que volaban detrás de nosotras eran nuestros compañeros de juegos; empero no con el ánimo de darnos empujones, sino de agarrarnos con los brazos. La actitud de unos y otros cambió; nos empezamos a ver de modo diferente...

Nieves Correas Cantos 


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