En este verano tan tórrido, no he podido prescindir del abanico. El instrumento en cuestión se ha convertido en la prolongación de mi mano; y, como es muy grande y llamativo, el aspecto que ofrezco es el de una mujer a un pericón pegada.
Mi ingenio refrescador tiene el color rojo de las brasas; el emblema de la pasión y de mi carácter. Sus recias varillas son de lo más adecuadas para ejecutar un perfecto abaniqueo; con un efecto vendaval que resulta extraordinario. También me sirve el ventalle para arrearle buenos abanicazos al sofá cuando quiero quitarle el polvo... e incluso lo utilizo como protector solar, ahuyentador de insectos y rascador de piel.
En las pocas ocasiones en las que no guardo el abano al final de mi extremidad, noto que me falta una parte necesaria; tengo la sensación de estar manca...
Nieves Correas Cantos

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