I
Cuando arribé por primera vez al pueblo donde habito, me pareció tan hermoso y con un cielo tan azul que en el magín se me representó como un zafiro. Deambulando por sus calles me percaté de que soplaba una brisa que acariciaba el cuerpo y espoleaba el espíritu; y fueron estas dos cosas, horizonte y viento, las que me cautivaron y me han mantenido atada durante años a semejante lugar.
II
Pero ahora tengo ganas de cambiar de residencia. Dejar el municipio zafirino y lanzarme a descubrir otros espacios que me puedan seducir. Experimentar las virtudes de lo nuevo...
III
Verdaderamente tendría que haberme ido hace tiempo; cuando el grueso del paisanaje abandonó el sitio por unas causas o por otras y comenzó el declive. Entonces me figuraba que cada vecino que se alejaba se llevaba con él un trozo de corindón; y la impresión llegó a ser tan fuerte que hasta podía percibir la mengua del tamaño de la piedra y el apagamiento de su maravilloso color...
IV
Aun así no perdí la ilusión, ya que el retorno ocasional de algún ausente me permitió seguir sintiendo su influjo; y también, porque los que se quedaron conmigo y los que fueron incorporándose de manera sucesiva nunca me defraudaron.
V
Mas en la actualidad tengo la sensación de que algo ha sacudido el guindo en el que me encontraba y he aterrizado en la funesta realidad. He advertido que la esencia que me enamoró ya no existe en este entorno. Que aquello que lo caracterizaba y lo hacía tan admirable desapareció; que mi esperanza estaba basada en un espejismo...
Nieves Correas Cantos

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