Desconozco si estos ataques de risa que me dan algunas veces se deben a mi tendencia a esperpentizar o a que soy idiota; pero, en cualquier caso, siempre que me entran me ponen en un apuro.
Ahora, por ejemplo, me está viniendo uno de dichos accesos y no sé qué hacer. Temo que voy a dar el espectáculo porque no me puedo controlar. Me hallo en una ceremonia de gran solemnidad y justo en este momento las carcajadas pugnan por salir de mi garganta. Mas como cierro los labios y no las dejo aparecer, impetuosas se escapan por los orificios de la nariz provocando unos sonidos muy extraños. Los presentes, personas empingorotadas al máximo, me observan con cara de perplejidad, si no de recriminación; y a mí, al borde del despendole, no cesan de presentárseme tics... ¡Parezco un androide haciendo cosas rarísimas!
Aunque no todo lo que ocurre es malo cuando uno lleva puestas las gafas de ver esperpentos. Advertir los aspectos grotescos de ciertas realidades puede equipararse a tener experiencias psicodélicas de primera magnitud.
Nieves Correas Cantos

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