En el pueblo, el mejor sitio para controlar a los vecinos y cotillear es el bar de Sandalia y Ceferino. Concretamente, en el exterior, debajo del emparrado, hay una mesa desde la que se observa un panorama espectacular, único... En la plaza también hay otros lugares que ofrecen buenas vistas, pero como las del sombrajo de Sandalia y Ceferino ninguno.
A mí me encanta sentarme debajo de la vid y, mientras me tomo una cerveza, inspeccionar a unos y a otros. No sé; es una actividad que me llena por entero y para la que creo estar singularmente dotada.
Cuando en la iglesia, que pilla justo enfrente, hay comuniones, bodas o bautizos, me pongo las botas. Me harto (siempre con placer) de fiscalizar a los contrayentes, neófitos, comulgantes e invitados; y, después, me vuelvo a mi casa pletórica de emociones. En estas ocasiones, como tanta investigación requiere mucha energía, además de la birra me tomo una ración de queso frito con mermelada.
Una vez, en el momento en que unos novios iban a salir del templo, un pedante empezó a pontificar en la mesa de al lado y no me dejaba concentrarme. Al principio me acordé de aquella escena de “Annie Hall” en la que Woody Allen y Diane Keaton están en la cola de un cine y sonreí; mas luego, como el cargante no se callaba, le tuve que soltar un estufido.

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