I
A mi abuela, la máquina de videojuegos que había construido mi padre le causaba preocupación. Decía que en cuanto la enchufaran y empezara a arrojar luces, imágenes y sonidos acapararía toda mi atención; y que, a partir de ese momento, ya no me apetecería aplicar el entendimiento a la lectura.
II
Pero mi antecesora se equivocó. Mis padres me inculcaron con tanto afán el hábito de pasar la vista por lo escrito que, cuando el artefacto cobró vida, apenas me arrastró.
III
Mi madre, mientras yo permanecía enganchada a su teta, me leía libros de Sartre, Céline o Camus, que previamente había colocado en un atril; y así, en mi imaginación, este acto tan íntimo siempre estuvo unido a la voz clara de mi progenitora.
Ella era el centro de mi universo. En los momentos en los que me sentaba en la hamaca, y hablaba y jugaba conmigo, yo la miraba extasiada y todo lo demás dejaba de existir... ¡Nunca hubo una unión más perfecta!
IV
Y el otro centro de mi vida era mi padre. Él, cuando fui más mayor, me imbuyó la afición a los medios electrónicos. Pero de mi procreador hablaré en otro momento.

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