Hay personas tan bruscas que, cuando hablan, en vez de emitir palabras parece que estén soltando coces. Y como además no suelen tener el don de la oportunidad, se manifiestan a destiempo, provocando en quienes las escuchan sorpresas muy desagradables. Son seres que, si te topas con uno por la mañana, lo más seguro es que te ocasione desazón para todo el día; y, si tienes el infortunio de encontrarte con dos, las consecuencias para tu estado de ánimo pueden ser fatales.
En el otro extremo existen creaturas aparentemente tan melifluas que producen repelús. Se expresan con voz queda, suave, con palabritas mansas intentando persuadir...
Y en medio estamos los que no somos ni una cosa ni la otra.
Si me dan a elegir, yo me quedo con el estilo que se asemeja al del labriego, y desecho el que se le atribuye al sacristán. Me gusta el lenguaje acre que corresponde a la gente recia. Los decires ásperos sazonados con ternura que saben a apio y limón; los fuertes; los directos; los que no llevan segundas intenciones y jamás empalagan.
Para terminar el cuento diré que no todo es tan nítido como parece, puesto que también existe el adusto misario y el meloso labrador...

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