Mi nombre es Francisca Suma y Sigue; aunque en el pueblo todo el mundo me llama Paquita “la Grafitera”. El apelativo me lo he ganado a pulso, ya que pared blanca que veo, pared blanca que pinto, importándome un carajo el permiso de la autoridad. Es un impulso irresistible que me entra frente a los muros enjalbegados, estén donde estén. Una fuerza que me obliga a trazar imágenes en ellos. El deseo imperioso de dejar fluir mi inventiva...
Los poderes públicos me amonestan, me multan, afean mi conducta e intentan convencerme de que soy una especie de pústula que le ha salido a la sociedad. Y yo, frente a la reprensión, me muestro contrita aun sabiendo que lo volveré a hacer, porque a la necesidad de crear es imposible sustraerse.
Esta particularidad que me caracteriza entre todos mis paisanos no es algo que se haya manifestado ahora, sino que me viene de antiguo. En mi más tierna infancia, mientras mis padres se hallaban en la capital comprando muebles para la casa nueva, yo les pintarrajeé todos los tabiques. Debo decir que cuando regresaron y vieron el estropicio, mis adorados progenitores no me dijeron nada al respecto.

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