En relación con mi relato sobre el precio de los polos, un lector ha hecho un comentario que me ha divertido y escocido por igual. Se trata de un parecer expresado con mucho ingenio que me induce a recapacitar; y que me va a ayudar a crecer como escritora. Unas palabras cargadas de afecto y dinamita que contienen dos mensajes: por un lado me están informando del valor pecuniario que tenían los helados; y por otro, me advierten de las consecuencias catastróficas que estéticamente puede tener la utilización de términos demasiado coloquiales.
Literalmente, el perspicaz leedor me dice que “el polo de palo costaba una pela”; y yo, en mi descargo, le aseguro que como jamás utilizo el diccionario mientras escribo, puede suceder que no se me ocurran sinónimos más lucidos que “pela” para no andar repitiendo el vocablo “peseta”.
¡Gracias, J.!

No hay comentarios:
Publicar un comentario