Desde la semana pasada vengo preguntándome cuánto costaban los polos en mi infancia. Sí; unos de fresa y de limón que me chiflaban y que cada domingo me compraba en la caseta de mi pueblo. Y no es que me interese saberlo por nada especial; mas como no consigo acordarme de cuál era ese precio, el asunto se ha convertido en una obsesión.
Con la perturbación anímica provocada por esa idea fija, intento hacer cálculos tratando de resolver la duda; pero, sin la quietud necesaria, me es imposible dar con la solución.
De lo que estoy segura es de que en mi niñez me daban un duro para gastar y de que la entrada del cine valía tres pesetas; sin embargo, no tengo ni la menor noción de lo que podía adquirir con las dos pelas restantes. Sé que mis golosinas favoritas, además de los helados, eran los chicles, pepinillos en vinagre, pipas, altramuces... También recuerdo que una tarde me comí siete polos; aunque imagino que ese día no me quedó dinero para emplear en el séptimo arte.

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