Si hay un hombre al que no puedo soportar es a don Pelayo. Me provoca desazón; e incluso, en alguna ocasión, después de haber hablado con él me ha salido un sarpullido.
El susodicho es un pedante. Pero no el clásico sabiondo sin verdaderos conocimientos, porque instrucción tiene. Me refiero a que es una persona engolada y redicha a la que le gusta escucharse; un hombre que se expresa de una forma pomposa cual si fuera un pavo real extendiendo la cola.
Don Pelayo nos menosprecia a usted, a mí y al común de las gentes. Y se cree tan por encima de nosotros que, si tiene que tratarnos, lo hará con impaciencia primero y condescendencia después. Es decir, que dejará ver que le parecemos idiotas, para luego bajar de su pedestal haciéndose el bueno y ponerse a nuestra altura.
Haciendo ostentación de sus amplios conocimientos sobre el idioma, el aludido utiliza palabras que no son de uso habitual, obligando a sus escuchantes a estar continuamente consultando el diccionario. Las últimas que ha soltado en mi presencia han sido “estotro” y “estornutatorio”. Suerte que cuando tuve que mirar el significado de ambas me las encontré una casi al lado de la otra.
Ahora me acabo de enterar de que esta creatura que tanta grima me da va a ser el introductor del profesor de gimnasia. Ganas me dan de desapuntarme del curso.

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