Capistrano permanecía cerrado a cal y canto a los pareceres de los demás. Su seso se asemejaba a una casa que tuviera las puertas y ventanas herméticamente tapiadas y por la que al aire le fuera imposible pasar. ¡Y lo más chocante era que presumía de ello! Se jactaba de platicar únicamente con la naturaleza, y especificaba que eran las olas del mar las que le proporcionaban las más inteligentes respuestas.
A mí este hombre, cuando lo conocí, me causó una pésima impresión. Hubiera podido convenir con él en que el campo y el océano eran los mejores lugares para reflexionar; pero que no leyera libros ni periódicos y desdeñara el pensamiento ajeno me parecía un disparate mayúsculo que acabaría, si no lo había hecho ya, con su capacidad para idear.
Y no me equivoqué en mi predicción ya que, igual que en el interior de una vivienda todo se puede pudrir por falta de oreo, en la sesera de esta creatura todo terminó enranciado y caduco por carencia de renovación.

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