domingo, 21 de marzo de 2021

IR DE BODA

 Las bodas me encantan. Y da igual que sean canónicas o civiles; de tronío o sencillas; matutinas o vespertinas... ¡Todas me gustan! La cuestión es que yo en muchos ambientes resulto torpe, desmañada... pero este tipo de eventos propicia que mis cualidades se manifiesten con todo su esplendor, y en ellos consigo brillar y me siento en la gloria. 

Una que se va a celebrar en el mes de octubre y a la que estoy invitada se ha convertido en el centro de todos mis anhelos. Pienso en ella con mucha ilusión; y como llevo tanto tiempo huérfana de actividad social, lo que me apetece es acudir con todos los perifollos puestos. Ya sé que este deseo no cuadra con la sobriedad que me caracteriza; pero es que estoy tan harta de no poder lucir que, cuando tenga la oportunidad, pienso hacerlo sin medida.

En las pláticas que mantengo con otros convidados al enlace solemos hablar del tema. Uno de ellos, admirador del barroco, está encantado con esta ansia de ornamentación que adivina en el ambiente. Y señala que en absoluto el exceso de adorno es contrario a la elegancia; que no solo es que no la estorbe, sino que, puesto con gusto, la puede facilitar. 

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