Yo observo una parte de la realidad que me interesa a través del ojo de las cerraduras. Por ese agujero por donde se meten las llaves, mi menda atisba para saber. Y no es que sea una mirona, fisgona, husmeadora o cualquier otro calificativo que venga al caso; ni mucho menos una voyerista (no tengo propensión a enterarme de vidas ajenas ni disfruto presenciando la intimidad de los demás). Lo que ocurre es que regento una pensión, y la defensa de su buen nombre me obliga a estar siempre vigilante e indagando acerca de los huéspedes que se alojan en ella.
Ahora estoy acechando por una de estas aberturas en cuestión. Es la de la puerta de la habitación en la que he instalado al profesor de gimnasia. Vislumbro los muchos potingues que está colocando en la leja que hay encima del aguamanil. Quiero creer que serán productos para dar brillo y asentar los pelos del bigote y de la cabeza, aunque puede que se ponga afeites en la cara; en cualquier caso ya me enteraré. Mañana, cuando se vaya a la calle, le registraré minuciosamente la maleta y el baúl... ¡Espero que no se me escape nada!

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