lunes, 1 de marzo de 2021

EL COTILLEO Y LA ORACIÓN

 Desde mi mirador, lugar estratégico para obtener las mejores imágenes de todas las creaturas que andan por la plaza, he visto al profesor de gimnasia llegar al pueblo. Yo estaba rezando el rosario; y, aunque sé que está mal simultanear la oración con el cotilleo, en el cuarto misterio no he podido resistir la tentación y he mirado a través de los cristales. Lo he podido observar bajando del coche de línea; y como no podía ser de otra manera, en un instante le he hecho un examen de arriba abajo. Incluso he advertido los enseres que portaba...

Me he fijado en su apostura; en el mostacho nigérrimo que destacaba encima de su labio superior y en la ingente cantidad de brillantina que se adivinaba en su cabello. Y sin interrumpir el paso de las cuentas del rosario, también he reparado en que el instructor es un poco rengo. Una cojera apenas perceptible, pero que a una persona con una vista de lince como la mía no se le puede escapar. Y además ha traído un baúl y una maleta que un muchacho ha colocado encima de una carretilla.

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