Para Holly Golightly, la protagonista de “Desayuno en Tiffany's”, el mejor lugar del mundo para estar era el interior de la famosa joyería. Y a mí, en el tiempo en que hacía la carrera, el ambiente que me atraía hasta límites inimaginables era el de una tienda de modas muy elegante que había en Barcelona. Una boutique a la que, por razones evidentes, bauticé con el nombre de Antrum Bellus.
Cuando después de las clases mi amigo Beda y yo nos entregábamos a pasear por la ciudad y a hablar de literatura, a veces le proponía que pasáramos por delante de este establecimiento para contemplar lo que se exhibía en sus escaparates; y en algunas ocasiones, traspasábamos el umbral y nos introducíamos en unas entrañas mágicas que resultaban singularmente adecuadas a mis gustos.
Dentro de aquel espacio todo era perfecto; y los sentidos, estimulados por tanta hermosura, parecían aumentar su capacidad para reconocerla y apreciarla. La vista se deleitaba contemplando la maravillosa línea de los trajes; el tacto percibía la suavidad de las telas; el oído captaba el frufrú del roce de la seda... El goce espiritual cada vez era mayor.
Un día, en una de las vitrinas, vimos un modelo blanco tan sofisticado que pensamos que nunca podría existir nada igual. Recuerdo que Beda me hizo prometer que cuando nos casáramos yo llevaría ese vestido... También guardo en la memoria una conversación que tuvimos sobre Truman Capote y su novela “A sangre fría”... Y de aquella tarde no me queda nada más...

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