Cuando el circo llegó al pueblo, el paisanaje se revolucionó. El buen orden y la disposición de las cosas se trastornó y, durante unos días, todo anduvo manga por hombro. Después de llenar los cántaros en la fuente, las mujeres ya no volvían prestas a sus casas, sino que se quedaban al lado del chorro de agua paliqueando sobre el acontecimiento. Mientras, los hombres contemplaban la instalación de la carpa y los niños intentaban asomarse por entre las lonas para ver a los artistas ensayar.
El sábado por la tarde acudieron todos los lugareños engalanados a la función. Desde la grada asistieron a un espectáculo psicodélico que los dejó alucinados. El volatinero que por el aire atravesaba la pista; la mujer de goma capaz de hacer contorsiones imposibles; la destreza del malabarista enviando cohombros de la tierra al techo y volviéndolos a coger en perfecto orden; dos japoneses cabriolando...
Y fue tan grande el encandilamiento que se apoderó de los espectadores que no se apercibieron de que, después de la proeza de Sansón de La Mancha levantando trescientos kilos, dos enanos salieron de detrás del escenario y de una tacada se llevaron las pesas.

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