I
Una vez, la mirada de un trompetista me atrapó y me mantuvo bajo su influjo durante semanas. Consiguió abducirme con su hondura hasta llevarme al borde de un abismo peligroso y enorme en el que podría haberme perdido. Me dejó sin voluntad, privándome de la capacidad de ordenar mi conducta...
II
Mientras estuve sometida a esa especie de encantamiento, mi percepción de la realidad cambió por completo. Los sentidos siguieron enviándome imágenes y sonidos del exterior, pero el efecto que causaban en mi ánimo era diferente. La vida universitaria, que tan maravillosa me había parecido hasta entonces, pasó a tener un aspecto deslavazado y sin sabor; y lo único que me cautivaba, y a lo que no podía sustraerme, era a acudir al antro jazzístico donde tocaba la trompeta el dueño de aquellos ojos y a pasar las horas con él.
III
Como mi conocimiento del jazz avanzaba a gran velocidad, mi enamorado decidió que había llegado el momento de que conociera sus secretos. Y como ese género musical me asombraba y conmovía por igual, a mí no hubo nada que me resultara más atrayente y que a la vez me diera más miedo.
IV
Para llegar a esa conocencia que según el músico me iba a hacer experimentar sensaciones inimaginables, quedamos una tarde decembrina. Pero ocurrió que ese día 20 del último mes del año 1973, por la mañana, se cometió el atentado contra el almirante Carrero Blanco y todo se trastocó. La conmoción que produjo en la sociedad nos hizo a todos cambiar los planes, y mi cita quedó pospuesta.
V
Al estarme vedados sus ojos, el poder mágico que el jazzista ejercía sobre mí desapareció; y en la fiesta de Nochevieja de unos días después, un muchacho integrante de una organización religiosa me sacó a bailar. Recuerdo que mientras mis pies se deslizaban por el suelo al compás de “Ne me quitte pas”, empecé a sentir nostalgia por una dicha perdida...

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