En lo alto del cerro vivía un hombre singular que se llamaba don Venancio Patatón. Sus dos bienes más preciados eran un telescopio y una Biblia, ya que decía que el primero le permitía ver agrandados los cuerpos celestes y la segunda a los hombres. Y añadía que a humanos y estrellas convenía conocerlos lo más posible, pues ambos podían deslumbrarte primero y decepcionarte después...
Acérrimo anticlerical, era juzgado por los más conspicuos meapilas de aquella sociedad hipócrita y asfixiante como un sabio devenido en pobre orate; mientras que los lugareños de pensamiento libre, que alguno había, aseguraban que el contemplador del firmamento era un genio por descubrir.
Y yo me he puesto a escribir sobre este ser extraordinario porque algo que he visto hace un rato en el periódico acerca de perlas y cerdos me lo ha recordado. Se trata de una sentencia que muchos creen un refrán, pero que en realidad viene de un versículo del libro sagrado de los cristianos. Un pasaje de Mateo 7:6 que comienza diciendo: “No deis lo santo a los perros...” Y es que don Venancio Patatón repetía mucho este texto; tanto, que algunos de sus detractores lo apodaban “El loco de los canes”.

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