I
En los días en que el helor se metía en el cuerpo a cuchilladas, el mejor sitio para guarecerse era el horno. Yo iba cada mañana a este establecimiento a comprar tortas con manteca para desayunar; y, cuando la dueña me veía llegar con las katiuskas llenas de nieve y la cara como una muerta de lo arrecida que estaba, me invitaba a pasar adentro de la tahona para que me calentara.
II
Allí, el hijo de la panadera, mientras con una larga pala sacaba las hogazas y las pastas del gran agujero de piedra y las colocaba encima de una mesa para que se enfriasen, escuchaba vinilos de swing y toda clase de música americana de entreguerras, ya que ésta era su pasión... Y fue una mañana de frío polar, de ésas en que los carámbanos colgaban de todos los tejados de la villa, el momento en que me propuso formar un dúo y participar en un concurso que se iba a celebrar en fechas próximas.
III
No lo juzgué una idea descabellada, puesto que él y yo éramos las mejores voces en muchas leguas a la redonda. Pero en lo que sí discrepé fue en el tema elegido: mi proponente quería que interpretáramos “It had to be you” y a mí aquello me pareció un disparate... Estábamos en 1962; y, en aquel tiempo y lugar, la gente se pirraba por canciones como “La novia” o “Campanera”.
IV
Mas, como mi amigo tahonero era muy convincente, consiguió que cambiara de opinión y nos presentamos a la competición con esa obra. Nuestra actuación fue antológica y ambos tuvimos la sensación de que habíamos estado sublimes... aunque a los espectadores no les debió de parecer así porque quedamos en último lugar.

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