I
Me gustaban las artistas francesas y sus pobladas y largas cejas. Anouk Aimée, Capucine o Juliette Gréco ejercían un gran influjo sobre mí y me marcaban el estilo. Pero entonces aparecieron las cantantes italianas con sus arcos ciliares depilados y, como Mina me subyugaba, no pude resistirme a seguir su ejemplo.
II
El acto mediante el cual me quedé sin vello sobre las cuencas de los ojos lo ejecuté una mañana de sábado y fue muy doloroso. Consistió en ir arrancando los pelos con unas pinzas hasta que no quedó ninguno; y toda la operación fue hecha a palo seco, sin crema suavizadora, y a máxima velocidad.
III
El resultado fue catastrófico. La zona se me inflamó y adquirí la apariencia de un ser extraordinario y feísimo que repelía y al que costaba mirar.
IV
Pero aun así, como soy una bailonga empedernida, por la tarde me fui a la discoteca. Y fue en este lugar donde, en medio de luces, música y griterío, experimenté la mayor humillación que había sufrido hasta entonces.
V
Sucedió cuando mi pretendiente Felipe, en pleno intento de toqueteo y entre lingotazo y lingotazo de vodca con naranjada, me quitó (sin que yo lo pudiera evitar) las gafas hollywoodianas que tapaban el estropicio ciliar; y, de la impresión que tuvo al verme, se le fue todo el ardor.

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